Sábado 9 de junio | 16 a 19 hs.
Sala Juan L. Ortiz. Biblioteca Nacional. Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Argentina.
Disertan: Marcelo Cosnard, ex bibliotecario popular
María Celeste Mendive, ex bibliotecaria popular
Gustavo Rosas, director de la Biblioteca Popular “Domingo F. Sarmiento” (Tristán Suárez)
Ilbia Ábalos, secretaria de la Biblioteca Popular “Domingo F. Sarmiento” (Tristán Suárez)
Raúl Frutos, bibliotecario y ex integrante de la comisión directiva de la Biblioteca Vigil (Rosario)
Edgardo Feder, miembro de la comisión directiva de la Biblioteca Popular “Diego Pombo” (San Andrés, partido de San Martín)
Moderador: Adrián Michateck
La situación laboral de los bibliotecarios de Bibliotecas Populares es
precaria e injusta. Salario informal, falta de aportes jubilatorios y
obra social, monotributo, incertidumbre en el cobro de haberes y muchas
veces también la descalificación como profesionales son algunas muestras
de la realidad actual.
¿De quién depende el pago de los
sueldos? ¿De las Comisiones Directivas administradoras de recursos? ¿De
la comunidad? ¿Del Estado?
¿Es legal el monotributo?
¿Cuáles son las tareas que le corresponde a un bibliotecario de una biblioteca popular?
¿Existe normativa?
¿Cuál es la carga horaria?
¿Qué los ampara frente a las arbitrariedades?
Invitamos a bibliotecarios, dirigentes, legisladores y un abogado
laboralista para, entre todos, conversar, analizar y debatir qué podemos
hacer como colectivo para que las Bibliotecas Populares cuenten con
personal calificado, en condiciones dignas de trabajo, respeto y
salario.
Organiza: Asamblea Pro Sindicato de Bibliotecarios
Adhesiones:
Bibgra Zona Sur
Asociación de Bibliotecarios Graduados de Buenos Aires,
GESBI - Grupo de Estudios Sociales en Bibliotecología y Documentación.
jueves, 7 de junio de 2012
sábado, 19 de mayo de 2012
La primera vez
por Hipatita
La Plata, 1 de Junio de 2008
Ella le vio cruzar la gran puerta de hierro forjado y cristal que
daba acceso al hall central de la biblioteca, donde se detuvo. Él miró
hacia un lado y hacia el otro, como buscando el camino a seguir. Sus
ojos se posaron en ella y se dirigió a su encuentro con la felicidad
reflejada en el rostro.
Ella sintió la fuerza de aquella mirada y
se estremeció. Le miró de reojo, disimuladamente. En efecto, comprobó
que él avanzaba por el hall. Mentalmente se dijo: “no temas; toda tu
vida te has preparado para este momento y tienes la capacidad de
hacerlo”.
Como en una película muda, pasaron por su mente a gran
velocidad los recuerdos de tantos esfuerzos realizados y de tantos
logros alcanzados durante su joven existencia: los estudios de
Bibliotecología en la Facultad, su enamoramiento temprano de la
Referencia, su firme compromiso con el usuario y el juramento eterno que
pronunció el día que le otorgaron el título de Bibliotecaria: “defender
hasta la muerte el derecho de todos a la información”. Se acordó
incluso de su infructuosa lucha por entender la CDU.
Ahora, por
fin, era la referencista de una biblioteca y en aquel primer día de
trabajo, hacia ella se dirigía el primer usuario con la primera
consulta. No había duda. Él no le quitaba la vista de encima y avanzaba
con paso firme y decidido.
“¿Qué necesitará?” se preguntó ella,
mientras tamborileaba con sus dedos sobre el mostrador. Nerviosa como
estaba, repasó en su mente los procedimientos habituales: ¿pregunta
rápida o búsqueda exhaustiva? ¿Servicio de alerta o diseminación
selectiva? ¿Se podrá resolver con los recursos de la biblioteca o habrá
que recurrir a otras? ¿Podré resolver cualquier consulta? Desde pequeña
había estudiado ballet y guitarra clásica, corte y confección, cocina,
oratoria y lectura veloz, arte precolombino, historia de las
ideas en América Latina y el fenómeno de las supernovas. Seguramente
podría desenvolverse con eficacia en numerosos temas.
Le asaltó
una duda: “¿Y si lo que él necesita es aprender a usar Internet o el
Webopac?”. Pasó revista a los conocimientos adquiridos en innumerables
cursos y conferencias sobre alfabetización informacional, así como en el
posgrado de Especialización en Informática aplicada a las Bibliotecas,
que le había permitido, entre otras cosas, tener una vaga idea de la
indización automática. Se tranquilizó. Estaba en condiciones de impartir
la mejor formación de usuarios que era posible.
Él había
recorrido más de la mitad del imponente hall, sin apartar su mirada de
la joven ni un segundo. La excitación y angustia de ella iban en
aumento. “¿Hablaría español? ¿Vendría de otro país?”. No se impacientó.
Dominaba la lengua de Shakespeare a la perfección, desde hacía años. La
Alianza Francesa, el Aligheri y el Goethe habían sido testigos de su
excepcional capacidad para los idiomas, lo mismo que su profesora
particular de portugués. Con cuanto agradecimiento evocó el sacrificio
que significó para sus padres vender la quinta de City Bell para que
ella pudiera pasarse dos años en Europa, adquiriendo una excelente
pronunciación y una envidiable fluidez en todos aquellos idiomas, de
modo tal que en cualquier conversación podía pasar de una lengua a otra
como quien se toma un vaso de agua. Ni qué hablar del nivel básico de
chino que estaba cursando y de la Maestría en Sánscrito terminada el año
anterior, gracias a la cual, finalmente, pudo leer los Prolegomena de
Ranganathan.
Él ya estaba apenas a unos pasos. Ella se agachó
bajo el mostrador para retocar el maquillaje y el peinado como le habían
recomendado en el Curso de Belleza y Estética en Diez Lecciones.
Desabrochó un par de botones de la blusa, dejando ver provocativamente
el nacimiento de sus senos como había aprendido en el Curso de Marketing
para Bibliotecarios. Se puso de pie e iluminó su cara con la mejor
sonrisa, como le habían enseñado en el Curso para Promotores de
Cementerios Privados y -¡por fin!- se encontró cara a cara con el
usuario, mostrador de por medio.
Él, un tanto apurado, le presentó su esperada consulta:
- Che, ¿me podés decir dónde queda el baño?
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Nota bibliofónica
Agradecemos a la Profesora Ana María Martínez Tamayo que nos permita publicar el relato que sigue. El tema, como se verá, remite a la problemática sugerida por Lucía y abordada por María José en las dos entradas previas.
viernes, 11 de mayo de 2012
Ganchos de plomo
María José Martínez Methol
(Texto e Ilustración)
La biblioteca debe satisfacer las necesidades de información de los
usuarios. Esta premisa parece una verdad autoevidente en la
bibliotecología. Sin embargo, como suele suceder en el campo de las
ciencias sociales, la realidad pone a prueba la nobleza de ciertos
enunciados de base.
Los empiristas lógicos enfatizaron la
necesidad de los términos significativos en los enunciados científicos.
Un enunciado con términos vacíos, sin valor de verificabilidad,
pertenece a la metafísica, no a una disciplina con aspiraciones de
ciencia. Pretender satisfacer las necesidades de los usuarios conlleva
conocer el significado de la palabra usuario. No se trata de una mera
abstracción. Tras la simple noción de usuario hay un ser concreto
inmerso en una realidad concreta. Son las necesidades de ese ser
concreto ante las que el bibliotecario deberá responder.
En las
últimas décadas, la bibliotecología ha afrontado el ineludible desafío
de integrarse a la Sociedad de la Información. La formación ofrecida
desde la Academia refleja, por lo general, tal imperativo. Contra la
imagen clásica del ser grisáceo y vegetal que pasa sus horas
confeccionando fichas bibliográficas analógicas, o batallando contra el
polvo de los anaqueles, hoy el bibliotecario debe ser un profesional con
alto grado de competencia informacional, alguien capaz de aplicar las
herramientas ofrecidas por la Revolución Tecnológica en entornos
impensables hace pocas décadas, en los que la superabundancia de
información se hermana con el caos.
Esta redefinición del futuro
bibliotecario como heraldo de las tecnologías de la información, como
factor de orden en el caos, empero, implica un riesgo de idealización de
los entornos en los que deberá trabajar. Por supuesto, sería retrógrado
negar la necesidad actual de que el bibliotecario sepa diseñar bases de
datos y bibliotecas digitales, o manejar sofisticados tesauros y redes
virtuales. La preparación para las grandes ligas habla bien de un
sistema académico que tiene los pies en el siglo XXI. Sin embargo, la realidad profesional que muchos bibliotecarios deben
encarar cotidianamente poco tiene que ver con las enormes bibliotecas
departamentalizadas, que tienen políticas de gestión de colecciones,
conexión a Internet, salas de lectura silenciosa y parlante, servicios
de referencia especializada, tesauros propios y catálogos online.
En
las alcantarillas de la Sociedad de la Información sobreviven día a día
bibliotecas donde no hay una sola computadora. Bibliotecas en
lamentables condiciones edilicias a la espera de un subsidio estatal.
Bibliotecas en barrios donde la conexión a Internet es una promesa en
tiempos electorales, junto al agua corriente, el asfalto y el gas
natural. También esas bibliotecas pertenecen al siglo XXI. También esas
bibliotecas tienen usuarios con necesidades de información.
Plantear
una formación técnica para un contexto de trabajo ideal supone la
existencia de usuarios ideales. Lo real impone sus propias asperezas a
enunciados como el citado al comienzo de este artículo. Lo real
interroga lo ideal y lo vulnera. A significantes asépticos como
biblioteca, necesidades de información y usuarios les clava pesados
ganchos de plomo a derecha e izquierda, y los hunde en el barro:
¿Qué biblioteca?
¿Qué necesidades de información?
¿Qué usuarios?
Nota Bibliofónica
La selección de Mel Correa en la entrada anterior, además de hacernos reir, resulta un disparador interesante para analizar qué significa ver al usuario. En el artículo a continuación, María José Martinez Methol se propone reflexionar sobre los alcances de un axioma muy frecuentado en el campo de la bibliotecología.
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